Me encogí de hombros y, al darme cuenta de que iba desnudo, cogí de nuevo la túnica.
- Me ha dicho que me llevaría con él al santuario. Creo que le gustaría que yo fuera druida.
- ¿Ha dicho qué? -Ya me estaba familiarizando con los gestos de Cadal para evitar el mal de ojo-. ¿Y tú qué harás?
- Iré con él… una vez por lo menos. No pongas esa cara, Cadal. No hay ninguna osibilidad de que me desee ir más de una vez. -Le miré serenamente-. Pero no hay nada en este mundo que yo no esté dispuesto a ver o a aprender, ni existe ningún dios al que no esté dispuesto a acercarme de la manera que a él le guste. Te he hablado del hálito de Dios. Si tengo que utilizarlo, necesito saber quién es, ¿no lo comprendes?
- ¿Cómo puedo entenderte? ¿De qué dios estás hablando?
- Creo que sólo hay uno. Bueno, hay dioses en todas partes, en las colinas y en las profundidades, en el viento y en el mar, en la hierba por la que caminamos y en el aire que respiramos, en las sombras ensangrentadas en donde hombres como Belasio los adoran. Pero creo que debe haber uno que sea el Dios en sí mismo, como toda el agua de todos los mares; y que todos los demás, dioses y hombres, somos como ríos que vamos hacia Él, a unirnos a Él… ¿Ya está listo el baño?
Veinte minutos después, vestido con la túnica azul oscuro recogida en el hombro con el broche del dragón, fui a ver a mi padre.
”Merlín con 13 años… (si es que ya se las traía).
La Cueva de Cristal - Stewart, Mary








